NIRAM ART NUMERO 10


DE PROFUNDIS de OSCAR WILDE

(...) Indudable es que figura Cristo entre los poetas. Provenía su concepción de la humanidad, directamente de la imaginación, y no puede ser comprendida más que a través de ésta. Fue el hombre para El lo que Dios para los panteístas. Fue El el primero en concebir la unidad de las distintas razas.

 

Ya existían dioses y hombres que El. Y El, sintiendo que se habían hecho carne en El, gustaba de llamarse, a veces, el Hijo de Dios, y el Hijo del hombre, otras. Más que cualquier otro en la historia, en nosotros despierta esa inclinación hacia lo maravilloso, a que se halla siempre dispuesto el romanticismo. Todavía es para mí increíble eso de que imagine un joven labriego galileo que puede llevar sobre sus hombros el peso de todo el mundo; el peso de todo lo que hasta ese momento habíase hecho y padecido y de cuanto habría de hacerse y padecerse: los pecados de Nerón, de César Borgia, de Alejandro VI, del que emperador de Roma fue y también sacerdote del Sol; los padecimiento de todos aquellos, que forman legión, que entre ruinas yacen; los sufrimientos de los pueblos oprimidos, de los niños que labran en las fábricas, de los ladrones, de los presidiarios,  de los desheredados de la suerte, y de los que están sojuzgados y cuyo silencio sólo puede oír Dios. Y no solamente llegan a imaginárselo, sino que lo realiza efectivamente, de modo que hoy todavía los que con El entran en contacto, aunque ante sus altares no se prosternen, ni se pongan de hinojos ante sus sacerdotes, tiene hasta cierto punto la impresión de que se les esfuma la fealdad de sus pecados y se les revela la hermosura de sus padecimientos.

 

Dije ya que Cristo figura entre los aedas, y es la pura verdad. Son hermanos suyos Shelley y Sófocles… Pero es su misma vida el más maravilloso de sus poemas, y en todo el ciclo de la tragedia griega no hay nada que pueda asemejarse al "temor y la piedad" de esta vida. La pureza del protagonista eleva este edificio a una altura de arte romántico que, a causa de su propio horror, les está prohibida a los padecimientos de las familias de Tebas y a la de los Átridas. Y encuentra también esta pureza lo erróneo que era el axioma expuesto por Aristóteles en su Tratado del Drama, y que sentaba que era imposible soportar el espectáculo del castigo de un inocente. Ni en Esquilo ni en Dante, el austero maestro de la ternura; ni en Shakespeare, el más nítidamente humano de todos los grandes artistas; ni en todos los mitos y las leyendas celtas, en los cuales luce la gracia del mundo a través de una niebla de lágrimas, y no vale la vida de un hombre más que la de una flor, nada hay que, a causa de su sencillez conmovedora, unida a la sublimidad del trágico efecto de que proviene, nada hay que igualarse pueda, ni siquiera acercarse, al acto último de la historia de la Pasión de Cristo.

 

Oscar Wilde, La tragedia de mi vida, Buenos Aires, Centro editor de América Latina, 1977.

 

 

 

 

 

 

 

 

 



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