NIRAM ART NUMERO 9


MIRCEA ELIADE Y RUMANÍA, de JOSÉ ANTÓNIO HERNÁNDEZ GARCÍA

    En su obra teatral La columna infinita, Eliade proporciona una interesante introspección del escultor rumano Constantin Brancusi, quien nunca finalizó su Monumento a la Meditación debido a la dificultad que tuvo para incorporar "la luz de la contemplación humana" a la escultura.
    También es prolija e inédita su correspondencia con amigos e intelectuales rumanos (Naë Ionesco, Émil Cioran, Eugène Ionesco, Haig Acterian, Mihail Sebastian, Constantin Noica, Gheorghe Bulgăr, Adrian Păunescu, Marin Sorescu, Nicolae Iorga, Adrian Marino, Liviu Rusu, Mircea Vulcănescu, Vintila Horia, Constantin Radulescu-Motru, Stéphane Lupasco, George Uscatescu, Ioan P.Couliano, etcétera).
    La proyectada aparición en veinte volúmenes de los Dosarel (Cuadernos) recopilada por el diligente bibliógrafo eliadiano Mircea Handoca, y que hasta el momento lleva publicados ocho volúmenes, nos sugiere la vitalidad y actualidad del pensamiento y la obra en rumano de Eliade. El primer tomo agrupa controversias, añejas y actuales, de escritores y pensadores rumanos (su subtítulo es Pro y contra) y cuyo epicentro controversial es el sabio dacio.
    Muchas observaciones de la vida política rumana Eliade las consignó notablemente en el ya citado Diario portugués -hasta hoy, únicamente publicado en español- y de manera magistral en su novela de ambientación rumana La noche de san Juan. Otras narraciones excepcionales (La novela del adolescente miope, Gaudeamus, La serpiente, La señorita Cristina, Boda en el cielo, En la calle Mantuleasa, Diecinueve rosas, Tiempo de un centenario, Los jóvenes bárbaros, Regreso del paraíso, Las gitanas, El puente, Las tres gracias, Uniformes de general, A la sombra de una flor de lis, por citar algunas) revelan el ambiente fantástico que emerge de su entorno rumano, sin importar que se trate de novelas realistas o de relatos fantásticos. Las calles de Bucarest con sus antiguos tranvías, los Cárpatos -montes depositarios del misterio y de la pureza metafísica- y los bosques rumanos (como el de Baneasa, de donde parte la acción narrativa de su experimento joyceano, La noche de san Juan), y en cuyos senderos moran seres extraordinarios aunque de apariencia común, no solamente son los paisajes de fondo de la acción narrativa, sino que son personajes mayestáticos que contribuyen a delinear el perfil misterioso o desgarrador de sus historias.  
    Eliade nunca abandonó el rumano, y siempre, hasta su muerte, escribió en su lengua madre sus diarios, memorias y narraciones, a diferencia de otros egregios rumanos que adoptaron la lengua del país que los acogió (Émil Cioran, Eugène Ionesco o Vintila Horia, por ejemplo).
    Algo que se debe destacar es la labor  que desarrolló como traductor, pues aunque desconocida, revela el dominio que tuvo a temprana edad del italiano, el inglés y, desde luego, el sánscrito. A los dieciocho años, en 1925, publicó ya una selección de textos de Giovanni Papini en el diario juvenil Stiu tot. En el diario La palabra (Cuvantûl), publicó en 1932 y 1933, respectivamente, “Los himnos de Krishna” y un fragmento del libro Rebelión en el desierto de T. E. Lawrence. Al año siguiente publica otro fragmento de la misma obra de Lawrence en el Reporter y un fragmento del Katha Upanishad en la revista Memra. Sabedor -como apunta el estudioso del simbolismo, Francisco Castañeda Iturbide- que la literatura universal sólo existe a partir del trabajo casi anónimo e impersonal de los traductores, Eliade fue un gran traductor que incorporó al orbe axiológico, filosófico, literario y estético rumano el universo de la sensibilidad europea y asiática. La historia comparada de las religiones, disciplina que él contribuyó decisivamente a perfeccionar hasta la madurez metodológica y simbólica de hoy, no hubiera sido posible sin la refinada labor de síntesis que implicó su conciencia de traductor infatigable.
    Es interesante observar que incluso en su subconsciente, donde habitan los sueños y los afanes, los deseos y las frustraciones, la gloria y el olvido, Eliade regresaba a Rumanía en sus travesías oníricas. La realidad esencial de su patria siempre está presente en sus viajes imaginarios, en donde se vuelve a encontrar con viejos amigos y profesores. Incluso muchas de sus vivencias juveniles adquieren el valor de un símbolo: a los quince o dieciséis años, Eliade no soportaba la tormenta, los truenos ni los relámpagos, después de que una tormenta rompió el mástil del barco en que navegaba y lo llevó a alta mar en el Mar Negro. Un año antes había estado a punto de ser fulminado por un rayo en los Cárpatos, pues en el momento en que estalló una tormenta sintió una exaltación dionisíaca; después cayó un rayo. Tal vez ése sea el origen remoto de su relato Tiempo de un centenario, cuyo personaje central, Dominic, accede a otra dimensión de tiempo por un rayo que cae en la Noche de Resurrección.
    La visión de Mircea Eliade nos da una idea de la capacidad de síntesis de este sabio rumano, que supo descifrar los signos y los símbolos del universo sagrado sin escindirlos de su correlato vital. Su indómita rumanidad es el eje de un caduceo simbólico en torno al cual se entrelazan florecientes la sabiduría, la belleza y el misterio. 


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